La profesión contable es tan antigua como la vida misma, desde el momento en que el ser humano necesitó saber si obtenÃa algún beneficio de la actividad que ejercÃa, de lo que vendÃa. Y es por ese motivo por el que su función empieza a ser impresincible para la buena marcha de la empresa, ya que el empresario necesitaba saber lo que debÃa, a quien, a cuánto podÃa vender para obtener beneficios o quién le debÃa a él.
Hoy en dÃa, la profesión del contable está tergiversada, infravalorada y, por muchos, menospreciada.
Hay empresarios que todavÃa piensan que cualquier persona que haga un cursillo de tres meses (en el cual conoce las bases de un programa de contabilidad) ya está preparado para llevar la contabilidad de una empresa.
Para muchos empresarios, el/la contable es aquella persona que se “encarga de los papeles” sin más, que no produce nada en la empresa, que se encarga de la facturación y que su trabajo lo puede hacer cualquiera con una mÃnima preparación.
Y no, señores, no es asÃ. El contable debe ser la persona en la que se confÃe, que conozca más a la empresa, que sepa cómo ha llegado donde está y que vislumbre cual puede ser su futuro. Y para ello debe tener la mejor formación posible y, en consecuencia, la retribución acorde a su responsabilidad y conocimientos.
El logo que encabeza este blog, asimilado a los “tres monos sabios” de la cultura japonesa, sirve para definir mejor sus cualidades: que no vea (lo que mire), que no oiga (lo que escuche) y que calle …, sobre todo, que calle.
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